La herida de la humillación

Lise Bourbeau habla de las cinco heridas de la infancia. Esas llagas que nos toman desde niños y que, inconsciente y dolorosamente, guían nuestras conductas y patrones dañinos a través de la adultez al menos hasta que aprendemos a notarlos, analizarlos, amarlos, desarmarlos y disolverlos.

Una de esas heridas es la de la humillación, generada por la desaprobación de compañeros y mayores. Tras la humillación, el niño se siente degradado, comparado y mortificado a tal punto que somatiza sus heridas y arma una coraza física y masoquista. Ignora sus propias necesidades en busca de la aprobación constante. Busca ser amado y popular, mas regocijándose en el papel de la víctima a la que rescatan con halagos y aprobaciones externas. Algunos repiten el patrón y aprenden a humillar a otras personas como mecanismo de defensa.

Eduard Girbau resume:

Se abre esta herida cuando se nos desaprueba, se nos rebaja, se nos critica; cuando se nos hiere en el amor propio o en nuestra dignidad. Los padres o hermano mayores desvalorizan a sus niños o hermanos, diciéndoles que son torpes, malos o unos pesados, así como aireando sus problemas ante los demás; esto destruye la autoestima infantil. En la escuela la herida se repetirá en la forma de [bullying]. De más adulto puede ser sorprendido masturbándose o ser humillado sexualmente.

A diferencia de las otras heridas – rechazo, abandono, traición e injusticia -, la herida de la humillación puede tener consecuencias físicas visibles y obvias. Es más probable que el niño humillado crezca siendo un adulto gordo, hinchado y flácido. Coma “mucho” o nada, se la viva a dieta o hundido en la gula, haga lo que haga para prevenir o “curar” su aspecto, si no trata su razón psicosomática y no libera a su niño interno, la grasa visceral y subcutánea sigue desarrollándose, constante y sólidamente, a manera de coraza.

En mi caso, ha resultado ser un maldito círculo vicioso.

Desde los siete años, fui sujeta a bullying constante en la escuela primaria. Viéndolo de manera retrospectiva, esa escuela estaba llena de tantos niños heridos, incluso quizás con la herida de la humillación desde sus casas. Tuve el privilegio de crecer en un hogar y una familia donde nos amamos y respetamos cual somos, pero muchos de estos niños bullies no. Los había consentidos hasta el sofocamiento, abusados de maneras inexplicables o violentados hasta la médula por quienes les habían regalado la vida y que ahora estaban empedernidos en romper tal obsequio.

Girbau parafrasea que algunos niños humillados suelen convertirse en humilladores a su vez, desahogándose en aquellos a quienes perciben como débiles. Esta vez yo fui, como diría Anne Robinson, “the weakest link”. Curiosa, vivaz, neurodivergente, amada, libre, pero hija única, sin callo, sin calle, buscando hermanitos en cada pupitre. Criada en una manada de lobos leales y fuertes, pero sola al final del día, mas con la firme certeza de que el mundo era hermoso y que todos los extraños eran amigos por conocer. El rival más débil.

Así fue como comenzaron a darme en la madre, replicando la vergüenza que se les inculcó en el hogar, ahora en el aula y el patio. Así como cometieron el error de confiar en sus padres, se fiaron en que yo cometería el error de confiar en ellos y, de pronto, comenzaron a golpearme, patearme, amenazarme de muerte, insultarme. Alguien que se decía mi amiga se tomó la libertad de abusar sexualmente de mí en el baño de la escuela. Ahora que lo pienso, quizás era algo que pasaba en su casa y como le decían que era un “juego”, quiso replicar ese juego conmigo. Como yo aprendí a jugar a brincar la cuerda en las vacaciones familiares, ella aprendió a jugar “al papá y a la mamá”.

Cuando entraban niños nuevos, lo veía como oportunidad de hacer nuevos amigos, aún incorruptos, que no habían recibido el memo. Así, hacía una amiga nueva, nos juntábamos en el recreo, íbamos al parque o algo, ella venía a mi casa, jugábamos con mis Barbies, merendábamos, hacíamos tarea y veíamos caricaturas. Al poco tiempo, los demás niños heridos la ponían “al corriente” y se unía al club de las burlas al unísono, la risa, los golpes, o mejor preferían salirse de la escuela porque era un nido de traición y asco antes que defenderme y volverse blancos de más bullying también.

Recuerdo particularmente una de esas niñas lastimadas que se hizo mi amiga. Lo mismo pasó, le abrí mis puertas, etc. Su físico era grande, pudo haberme defendido y golpeado a quienes me golpeaban. Pudo haber sido una amistad entrañable, duradera, de por vida. Pero de pronto la vi, riéndose de mí con todo el salón. Riéndose más fuerte que nadie. Golpeándome. Diciendo que le pegaban en la casa como si fuera medalla de honor, carta blanca para desquitarse conmigo.

Al poco tiempo, finalmente cambié de escuela pero la herida ya había sido abierta. No encontré más malos tratos en el resto de mi educación básica, excepto los maltratos auto-infligidos. Aprendí a hacerme bullying a mí misma, con tal destreza y crueldad que si me hubiera dividido en dos personas y una de ellas fuera la bully, a la bully la hubieran arrastrado a la correccional de por vida. Esa bully interna me acompañó por todas las escuelas, carreras, profesiones, países, estados civiles, círculos sociales.

El patrón se fue repitiendo, más esporádicamente, pero también más dolorosamente. Cada cierto número de años, una amiga se rebelaba, me soltaba el abrazo, en mis momentos más vulnerables y más lejanos a casa. En escenas, en universidades. Tuve la fortuna de no haber crecido con Internet cuando estaba en la primaria, pero las herramientas estaban más que disponibles en la edad adulta. En la humillación más reciente, fui “cancelada” a través de redes sociales, en un país que no era el mío, tras años de manipulación que bien pudieron haberme costado libertad legal, internamiento y deportación. Pudo haber sido realmente irreversible, y casi me costó la vida. La combinación bullying interno y humillaciones externas resultó en un cóctel potencialmente fatídico.

Volviendo a la herida inicial, ¿cuál creen que fue la excusa que usaban los niños para burlarse de mí?

Que estaba “gorda”.

Spoiler alert: no lo estaba. Para nada. Tenía menos barriga que personaje infantil de Los Simpsons. Hacía ballet, iba al gimnasio, a las Scouts, trepaba árboles, me aventaba a la alberca del audiofoniátrico con todo y vestido de crinolina. Pocos años antes, retozaba en los matorrales del jardín de niños. Comía brócoli y garbanzo. De repente desayunaba Pop Tarts y merendaba pan con mayonesa. Pero no tanto. A veces mi tío me traía Mordiskos después del trabajo. No obstante, cualquier gramo de comida “chatarra” era incinerado de inmediato en cuanto recorría el patio de mi abuelita.

(Así estuviera gorda, tragona y sedentaria, no lo merecía. Nadie lo merecía. Nadie merece estos tratos.)

Era más alta que los demás niños, pero ciertamente no más extensa. Varios de los bullies que me insultaban eran más gordos que yo. Jessica, esa niña, era un guarura en miniatura – la guarura de los bullies, desafortunadamente.

¿Y qué creen que pasó cuando los niños, con Jessica como adquisición reciente, establecieron una rutina de despedazamiento público bajo la premisa de que yo era una gorda mantecosa, cara de babosa, nalgas de algodón?

Comencé a engordar.

Ya se me había hecho pancita después de que una fisura en el gym me pusiera temporalmente fuera de circulación, pero una vez que los abusos y vergüenzas colectivas fueron tan brutales que me tuvieron que sacar de la escuela, me metieron a la nutrióloga.

Para los nueve años, me hice ávida lectora de las etiquetas de los alimentos. Antes leía el diccionario y la enciclopedia, ahora leía macros como si fuera biohacker de Silicon Valley. Internalicé que era una gorda y que tenía que borrarme a mí misma para merecer respeto y amor incondicional no sólo fuera de casa sino también dentro de ella. Llegué a autosugerirme que mis tías querían más a mi primas delgadas que a mí.

La dieta “funcionaba” un rato, pero al poco tiempo rebotaba. La comida ya no era gasolina ni gozo, sino vergüenza. La actividad física ya no era juego ni diversión, sino vergüenza. Lejos de esa escuela de niños heridos, mi niña herida personal se hizo mi propia bully. Ahora yo me decía “gorda”, aunada a insultos mucho peores de los que Jessica, Jesús, Jaime y los otros (todos con nombres que comienzan con jota, caray) me habían administrado. Creo que hasta los habrían horrorizado escucharme decir, decirme, tantas palabras punzocortantes.

Con el cortisol a todo lo que daba, viviendo, durmiendo, no durmiendo, comiendo, no comiendo, desgarrándome los pies, seguí hinchándome e hinchándome. Cada vez más, sobretodo después de que más humillaciones externas se replicaban. Mi sistema de defensa se hizo similar al de la señora Puff, pez globo y maestra de conducir de Bob Esponja, que cada vez que chocaban, se hinchaba como si tuviera su propia bolsa de aire interna.

Diría Thom Yorke de Radiohead que una bolsa de aire le salvó la vida, pero a mí me ha estado matando la psique lentamente al pasar el tiempo. El estrés emocional aunado a las reacciones físicas ocasionadas por el estrés – alta presión, hinchazón, cortisona, frecuencia cardíaca, hígado graso, quistes que van y vienen, detonación de tiroiditis de Hashimoto devenida en hipotiroidismo. Condiciones genéticas perpetuadas por actitudes y heridas también genéticas, de las que hablaré después. Mas quiero creer que estos pesares genéticos no nos pertenecen y se puede romper el círculo en esta y otras generaciones. En eso ando.

Soy anti-dieta, pro-salud a todo tamaño. Amo y he amado gente de distintos tamaños. Estoy en contra del intervencionismo y a favor de la liberación transformacional, no destructiva, en compasión y consciencia con los tres reinos.

Pero ojo, la palabra clave aquí, es la salud y la intervención. He conocido gente igual de gorda que yo, o más, o menos, que es suave, sedosa, envolvente. Sus vientres lujosos, jugosos, libres. ¿El mío? Rígido, firme, una coraza. Nada rebota en él, ni en mis senos, mis glúteos, mis extremidades. Ni mis bullies de la infancia acertaron en sus mantras: no es manteca, sino piedras. Mi cara no es de babosa, más bien de tortuga. Y las nalgas, para nada de algodón.

¿Y si mi gordura, en forma de coraza, es intervencionismo? ¿Y si esta mortificación tampoco es salud?

En mi planilla de Diseño Humano tengo vesícula definida. Mi verdadero ser, siguiendo mi estrategia, sin intervenciones, es sano. Pleno. Mi autoridad sacra denota actividad física, así como era de niña antes de la herida infante.

No vine el mundo a sufrir, ni siquiera como aprendizaje. No hay línea 3, línea de mártir. Mi voluntad, raíz y conciencia del ser están también definidas. No vine aquí a estresarme e hincharme, a enfermarme, a buscar aprobación externa. Familia ya la tengo. A mí misma ya me tengo. No vine a buscar hermanos ni que sempai me note.

Esa humillación de la infancia no es mía. Esos patrones de humillación que se repiten no son míos. Ese cuerpo es mío, pero no sus corazas, achaques ni tensiones.

Este exoesqueleto, como piel vieja de serpiente, fue un fallido intento de supervivencia, pero si sigo viva es por mí. Por mí y nada más. Así que es hora de dejarlo ir.

No me voy a poner a dieta ni a riguroso ejercicio porque esas intervenciones y esos desórdenes añadieron problemas más que soluciones. Lo que hago es despojarme de estas pseudoidentidades, del martirio, de la soledad, del engaño. Quise que Jessica fuera mi guardaespaldas y se convirtió en mi bully, y lo mismo pasó con mi discurso interno. Ahora, dejo ir a toda esa gente con nombres que comienzan en jota – y después con otras letras del abecedario – y espero que ahora estén bien, vivas, plenas, con sus heridas sanadas, viviendo sus propias verdades. Ahora soy yo mi guardaespaldas, pero con un cuerpo suave, natural, libre. Gozando del movimiento y de la cocina. Derritiendo tensiones e inseguridades. Confiando en la gente de nuevo, pero con límites sanos y dignidad mutua. Es un decreto. Así es y será.

Sé que esto puede ofender a la gente fatshionista/HAES/activista/liberacionista gorda con la que he establecido amistades y relaciones a través de los años, pero esto no tiene nada que ver con ustedes. Es hacia mí, y los amo y respeto. Espero que encuentren y sigan sus propias verdades, en cualquier tamaño, pero libre de corazas, pesares y achaques. Si están a favor de la liberación, esta es la mía.

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