Simpatía por el cucaracho

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Basado en algunas presentaciones de comedia y poesía que he hecho recientemente.

Por la ciudad, ya se ven las primeras señales de la primavera. Aparecen las primeras flores en los árboles, los primeros rayos de sol persistentes, los primeros cantos de los pajaritos, los primeros cucarachos que se meten a la casa.

Me encantan los animales. Todos, diría ahora. Casi todos, diría antes. Los domésticos, los salvajes, los peces, las aves, los reptiles, los insectos. Casi todos los insectos, hubiera dicho hace tiempo. Todos, menos los cucarachos.

Los cucarachos me daban tremendo pavor. Si veía alguno en mi casa, se sentía como un allanamiento de morada. Ni las veces que hemos descubierto que han robado la casa me he asustado o alterado tanto que cuando se metía un cucaracho a la casa. Era de las que gritaban. Me subía a los muebles, lloraba, sacudía los hombros. Los cucarachos eran mi Vietnam, mis Torres Gemelas, mi imperio romano si fuera un soldado romano en el Coliseo y en vez de enfrentarme a un león me enfrentara a un insecto.

Hubiera preferido que se metiera un león a mi casa. Al menos son más abrazables.

Y sí, un león terminó metiéndose. Mi gatita. A la cual adoro demasiado y que sí, es muy abrazable. Si eres más grande que ella.

Si eres un insecto, será tu peor pesadilla.

La tuvimos que entrenar para que dejara de ligarse a las abejas. “¿Ves estas flores que te encantan tanto?”, le decíamos. “Pues las tenemos gracias a las abejitas”. Funcionó.

Una vez le hicimos exámenes, y salió que entre las cosas que comía, había comido perro. ¿De dónde, si no iba a los tacos? Llegamos a la conclusión de que se había comido un mosquito que había picado un perro y todavía traía su sangre. Fue lo más lógico. Parece que eso también funcionó, pues desde entonces no ha comido mosquitos.

Con ellos lidian las arañas. La gatita tampoco come arañas. Le dijimos que a ellas les delegamos la tarea de comer mosquitos. Entonces las arañas son las que comen mosquitos, sangre de perros, de humanos. Vampiros de segunda mano.

Pero cuando la vi cómo trataba a un cucaracho, la que me dio miedo fue ella. Lo acechaba, le daba un manotazo, lo volteaba boca arriba, le jalaba las patitas con los dientes, luego lo dejaba correr para volver a perseguirlo, voltearlo y torturarlo.

Mejor pisé al insecto y le di una muerte más rápida y menos dolorosa. Le di final a su martirio. Luego lo agarré con unas servilletas, lo tiré al retrete y le bajé. Un entierro marino, como un guerrero europeo. Pero no en el río Rin. Más bien, en el río o-rín.

El otro día llegué a la casa, y mientras abría la reja, vi que un cucaracho se acercaba desde la banqueta.

Lo miré y le dije: “No, no, no. No te conviene. Aquí solo conocerás el dolor y el sufrimiento”. El cucaracho entonces se fue.

Tengo ganas de mandar hacer un letrerito tamaño insecto y ponerlo en la entrada de la casa. Que diga lo mismo que el letrero afuera del infierno de Dante:

Es por mí que se va a la ciudad del llanto, es por mí que se va al dolor eterno y al lugar donde sufre la raza condenada, yo fui creado por el poder divino, la suprema sabiduría y el primer amor, y no hubo nada que existiera antes que yo, abandona la esperanza si entras aquí.  

Pero con una foto de mi gata.

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