Estiramiento

Mi interés especial es el movimiento.

Como gorda y autista, a veces bromeo para mis adentros que si mi interés especial hubiera sido algún deporte, mi vida hubiera sido mucho mejor. Si hubiera sido más como Billy Elliott, como las morras de Bend it Like Beckham, como Michael Phelps, como Messi, o incluso como la señora tímida que celebra los cumpleaños de sus caballos en Alan Partridge. Si hubiera sido como los entrevistados promedio en la sección de deportes del noticiero, con el carisma y la labia de un cactus, pero con la devoción y energía concentradas en su campo, su cancha, su arte.

Así, me buleo a mí misma, al menos hubiera tenido una obsesión que me levantara de mi asiento, en vez de estar solamente sentada escribiendo o leyendo pendejadas. Al menos mi obsesión me ayudaría a quemar calorías. A ganar tantitito pretty privilege, ventaja económica o capital social, aunque no supiera qué vergas hacer con ellos.

Haciendo yoga hace poco en Delta Climbing, con Bassalto y Roble Omaña.

Pero luego saco mi cabeza del orto que fueron los 90s y los y2ks, porque la vida no es una novela juvenil de Televisa y porque, dos años y más de un tercio de mi tamaño después de haber comenzado mi proceso bariátrico, es bastante real el hecho de que perder peso no es la solución a mis problemas. Y si lo está siendo, el cambio sigue siendo turbulento y doloroso desde varios ángulos. Porque picar la tierra y encontrar petróleo también le duele a la tierra y también provoca terremotos.

Entonces me parece curioso que ahora mi chascarrillo más o menos se hizo realidad. Ahora, con más ligereza en mis movimientos y sobre todo con más tiempo de experiencia y práctica, el yoga y el pilates son mis intereses especiales.

Otra imagen de la sesión de yoga en Delta Climbing, con Bassalto y Roble Omaña.

“OK, pero haz un ejercicio de verdad”

Eso me dijo alguna vez un nutriólogo cuando yo tenía 16 años y recién había descubierto el yoga. Había pasado por periodos de duelo, desde los más profundos hasta los más pendejos, y en un viaje a Houston a visitar a unos tíos compré un kit de yoga para principiantes. Creo que en Target o una tienda así. Era de Gaiam, e incluía un tapete, un bloque de hule espuma, un cinturón para estiramientos y un par de cintas VHS, cada uno con una clase ya sea para la mañana (AM Yoga con Rodney Yee) o para la noche (PM Yoga con Patricia Walden). Los seguí religiosamente todos los días por varias semanas. Con cuidado al principio, casi memorizandolos al final en cuerpo y mente. En espíritu todavía no. Quizás lo hubiera hecho más pronto si hubiera seguido la práctica. Pero no le seguí.

El nutri dijo que no era ejercicio de verdad. Que mejor fuera al gym porque no pain no gain. Y que solo comiera mierda aburrida y desabrida. “Vas a ver que vas a andar modelando para Navidad” me dijo como incentivo. Pero el modelaje no era mi interés especial. Ni siquiera sabía lo que era un “interés especial”. Pensándolo desde la distancia, el yoga era mi interés especial. Pero no era un interés especial tan grande como era el ser amada y aceptada. Mi gran interés especial era no estar sola en el universo. Y eso en los tiempos del heroin chic solo tenía una forma. Aparente, claro, porque quienes parecían tenerla muchas veces se sentían más desamparadas que la persona promedio. Vemos ahora cómo crecieron Britney Spears, Cristina Aguilera, Lindsay Lohan, Anahí y Paris Hilton.

De todos modos, seguí haciendo yoga de forma intermitente. Así como seguí haciendo dietas y proponiéndome pendejadas. Pero curiosamente, el diagrama de Venn de las veces en que seguía patrones de movimiento controlados y las veces que seguía patrones de reducción descontrolados eran dos círculos separados que nunca se tocaban. Cuando estaba más en paz conmigo misma era cuando hacía ejercicio. Yoga, taebo, spinning, belly dance. No necesariamente seguía regímenes alimenticios en esas rachas, pero la gente me decía que se notaba que estaba cambiando más que cuando tomaba menjurjes disque milagrosos en vez de comida. Que me veía mejor en el sentido de que me notaba más feliz, más firme, más grácil y con más confianza. Pero dejaba esos movimientos quizás porque los gozaba, y porque si no sufría, entonces no servía.

Ya que empecé a lidiar con mi salud mental, con el amor propio y después con mi proceso bariátrico, volví a hacer ejercicio por puro gusto. Y por salud. Esta vez sí. Para no perder músculo y poder rendir más en mi vida diaria, lo cual es muy importante cuando llegas a cierta edad. Mi salud, composición física y resistencia comenzaron a mejorar no a base de sufrimiento y castigo, sino a base de disfrute y recompensa. Endorfinas, diversión, paz, conexión. La frase que el nutri me había xilograbado en la mente se estaba borrando.

No pain, no gain.

Pain? No gain.

No pain, gain.

No pain.

Gain.

Sesión de pilates con mensaje especial en The Body Temple.

Volví a clases de yoga y pilates, y seguí ganando. Con la práctica, cada vez con menos dolor y por ende, con más satisfacción. Esa satisfacción recalibró mi curiosidad por la vida y por probar cosas nuevas. Hubo un par de semanas que probé varios estudios y estilos, y por recomendación de mi amiga Laiza, comencé a ir a clases de pilates reformer. Un gran descubrimiento. Las máquinas ayudan a hacer que los ejercicios sean más sencillos y más difíciles a la vez. No sé si me explique. Aun haces pesas y resistencia con tu propio cuerpo, pero las herramientas te ayudan a que no te dañes tanto las articulaciones y te dan atajos para que sean no más simples, pero sí más posibles. Voy tres veces por semana.

Yoga suave y meditación en Espacio Corazón.

Los días que no voy a pilates, hago yoga en casa con videos de YouTube. Vinyasa y hatha cuando quiero fluir más, yin y restaurativo cuando quiero recuperarme. Sigo buscando ese estudio de yoga de mis sueños, pero por ahora soy feliz haciéndolo en mi casa y ahorrando dinero para mejor invertirlo en actualizar mi equipo personal. Por ejemplo, un nuevo tapete y un cojín de meditación. Mi amigo Pedro, el esposo de Laiza, comenzó a traer a una maestra de yoga a su taller cada viernes. Estoy empezando a ir ahí.

Yoga con gatitos en Central Cats Café.

No me cierro a probar cosas nuevas e ir a clases de yoga interesantes, sobretodo si involucran más intereses especiales y cosas que me fascinan. Hace poco fui a un cat café a hacer yoga con gatitos. Fue de lo más tierno y apapachable. De pronto te estirabas y se te subía un gato. O cuando hacías la meditación en el piso con los los ojos cerrados, se te acercaban para darte paz. Igual que mi gatita también lo hace en casa. Es mi compañera favorita.

Por ahí se puede ver a Gunther, el gato más yogui de Central Cats.

Me encantan los ejercicios de fuerza, y son los que mi equipo bariátrico hoy más recomiendan. Sí. Hasta la nutrióloga. Mucho más adelantada y optimista que aquel imbécil hace 23 años. La meta no es ser modelo – que por cierto, lo llegué a ser aun cuando estaba más gorda que nunca, pero eso es otra historia. La meta es ser lo suficientemente sana como para vivir al máximo todos los días y ser feliz.

Como bonus, probando el bouldering por primera vez en Delta Climbing.

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